Es lamentable enlistar los sucesos que han herido –y cuyas llagas aún prevalecen– en la historia de nuestro México, más aun aquellos que ocurrieron bajo un contexto social-político nada “cómodo” para la época. Dicho esto, podría mencionar algunos como: Movimiento Estudiantil del ’68, el Asesinato de Colosio (1994), la Matanza de Aguas Blancas (1995), Acteal (1997), los crecientes conflictos con sindicatos de maestros… y un triste y largo etcétera.

Pero hoy nos concentraremos en uno: el Movimiento Estudiantil del ’68. Dado que es un suceso tristemente conocido, no ahondaremos mucho en la historia. En pocas palabras, dicho movimiento fue orquestado en su mayoría por estudiantes, encabezado por la UNAM y el Instituto Politécnico Nacional, seguidos ambos por profesores, amas de casa, obreros y profesionales de la capital del país. Ocurrió en la Plaza de las Tres Culturas, y fue (la cereza sobre el pastel) duramente reprimido por el gobierno encabezado por Gustavo Díaz Ordaz.

Torturas, persecuciones, maltratos, homicidios, espionaje, detenciones ilegales y… ejecuciones extrajudiciales coronaron a aquella barbarie ocurrida el 2 de Octubre del año 1968. Muchas cosas son las que se cuentan… que si fue el Batallón Olimpia (grupo paramilitar), una Policía Secreta o soldados del Ejército Mexicano, llegando incluso a la CIA estadounidense, solo de los primeros tres hay pruebas irrefutables (y obvias, por supuesto). Sea quien haya sido el culpable o mente maligna detrás de estos hechos, de lo que no cabe duda es que termino sembrando en el pueblo de mexicano la semilla de desconfianza en sus gobernantes y máxime sobre quienes “con sus armas defienden al pueblo”.

El 2 de Octubre no se olvida, y hoy a 48 años del trágico evento lo seguimos recordando con dolor y sobre todo, con sed de justicia. Pero ¿Qué necesitamos los mexicanos para calmar nuestras ansias de justicia? ¿Marchas? ¿Vandalismo? ¿O simplemente ser conscientes del sentido de fraternidad que nos une por el hecho de haber sido concebidos bajo una misma bandera, una misma patria?

Solía decir, antaño, el intelectual y político mexicano Manuel Gómez Morín:

“Las ideas y los valores del alma son nuestras únicas armas; no tenemos otras, pero tampoco las hay mejores.”;

y mucha razón tenía, pues como ya hemos refrendado a lo largo de este texto, no ha habido siquiera violencia desmedida que haya logrado sanar a quienes en aquel momento perdieron a un hijo, un padre, una madre o un amigo. Si bien es cierto que las marchas como estandarte de la inconformidad y quizá hasta de libre expresión han sido de gran importancia para demostrar el repudio que tiene la sociedad ante los crímenes que, orquestados por quienes en el poder se encuentran, dañan a quienes tiene la valentía de pensar diferente, estas –las marchas– no deben convertirse en el medio para aquellos quienes, cobijados por el manto de la libertad de expresión, solo van dispuestos a vandalizar, a dañar a terceros y a explotar un odio desmedido contra quienes culpa no tienen.

Es necesario, nuevamente, refrendar entre mexicanos nuestro sentido de fraternidad. Unirnos y demostrar que las cosas se pueden hacer bien. Como conclusión, quiero parafrasear a un personaje de internet que hace un año escribía:

Inviten a la protesta pacífica. No la que siempre sucede cuando se oculta el sol. Que no haya mañana noticias de ‘supuestos infiltrados’.

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